lunes, 14 de octubre de 2013



EVA O EL EXPRESIONISMO ONÍRICO DE PRINCIPIOS DE SIGLO XXI
EVA

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto”. Así comienza La Metamorfosis, de Frank Kafka. Si esta proposición fechada en 1915 nos la traemos al momento presente, es decir, casi un siglo después y cambiamos escritor por pintor, Imperio Austro-Húngaro a comienzos de la I Guerra Mundial por la Región de Murcia en la España europea azotada por la crisis económica y de valores y, por último, sustituimos al atormentado y complejo Kafka, por el ser atormentado y complejo que entierra al ser humano carente de valores para resucitarlo desde la propia luz del interior, el resultado es Emilio Vieites Aguiar. 

Esta última afirmación, la luz que nace del interior, no es baladí. Basta con asomarse a esta pintura para descubrir algo novedoso e inquietante, tal vez comparable a logros como el dominio de la perspectiva en el Renacimiento, la capacidad de  Velázquez de pintar la luz, el viaje a la soledad del romanticismo alemán a través de sus paisajes o el cubismo sintético de Picasso y la imagen fragmentada como trozos de espejo roto. En Emilio Visites Aguiar, a quien me referiré en adelante como EVA (así firma sus obras), será característico ese foco de luz que nace de las entrañas de la propia pintura para proyectarse al exterior. 

A ello hay que sumarle la reinvención del ser humano, un tema que no es novedoso en la Historia del Arte, pero sí en el modo de enfocarlo por parte de EVA. El arte Clásico propuso unos cánones a la medida del hombre, el período medieval lo hizo a la medida de la Divinidad, el humanismo renacentista lo vistió de racionalidad, el romanticismo lo exploró hasta una interiorización nunca antes vista y en las Vanguardias del siglo XX se impusieron la creatividad y la libertad de expresión sin exigencias academicistas concretas, aunque con un enfoque relativamente científico.

En el arte de principio de este siglo XXI, la imagen y los medios de comunicación van moldeando una dimensión tecnológica del ser humano nunca vista hasta ahora. Los artistas juegan con el capricho plástico movidos por sensaciones que van desde el recuerdo de objetos domésticos del pasado hasta el desarrollo de auténticos programas propagandísticos de enfoque ideológico, pasando por reinterpretaciones técnicas o conceptuales. Dicho de otro modo: todo vale en el arte de hoy día. 

Sin embargo, entre todas las propuestas existentes, y dentro del exclusivo ámbito de la pintura, una vez consumida la primera década de este siglo, encontramos lo que diferencia a EVA de sus coetáneos: el antes y el después en el género humano, concretamente, a partir del 11S y los atentados de Nueva York. Es entonces cuando EVA pierde la referencia de lo que hasta la fecha había sido paraíso de retratos en la gran mayoría de su producción inicial, le arranca un mordisco de realidad al mundo que le rodea y no sólo se reinventa así mismo; junto a su metamorfosis, reinventa a toda la humanidad como si en su conjunto fuese dada a luz de nuevo desde su propio haz. La visibilidad o invisibilidad depende, en última instancia, de la capacidad o de la incapacidad de cada cual para percibirla. 

El delirio pictórico en EVA adopta la fuerza de un expresionismo propio, en ocasiones de técnica mixta, en la que se perciben claros símbolos que forman parte de su particular imaginería: fetos, rostros, los edificios derrumbados en Manhattan, el rojo explosivo o el azul de la reinvención. En definitiva, visiones de dentro hacia fuera de un visionario capaz de interiorizar a través de la pintura el viaje de la humanidad y dejar siempre abiertas las puertas a la esperanza en el ser humano.